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En Corea del Sur existe el recuerdo de la postguerra sobre cómo la ingesta de arroz era un lujo que solo algunos se podían permitir. Ante esta situación, las familias tomaron medidas de austeridad y cuidado en colectivo. Recurrieron al maíz mezclado con otros granos con el que preparaban okusu-juk (papilla de maíz) para alimentarse.
Para la artista surcoreana Jay Lee, la historia de este grano es un marcaje entre sus padres y ella. Mientras ellos pasaron de la escasez a la estabilidad, y la generación de su hija está acostumbrada a una mesa con alimentos globalizados, la diáspora coreana mantiene el arroz como un anclaje de “completud” con su territorio.
El apego al arroz como grano viajero es el punto de partida de su obra en torno a la alimentación. Su práctica establece un puente entre geografía y ritual. Uno de estos es preparar tteokguk(sopa de pastel de arroz) en el Año Nuevo. En la tradición coreana, comer esta sopa implica “hacerse un año más viejo”.
A través de instalaciones de sitio específico con biomateriales, la artista conjuga la memoria visual de su entorno con su historia personal. En sus obras, superpone capas de significado para construir una identidad de orígenes y devenires que se bifurcan.
Sumergida en el paisaje agrícola y las tecnologías alimentarias de su país natal, Jay Lee invoca recuerdos que la conectan con su genealogía. Desde el deseo de su hija por comer arroz cuando está fuera de Corea, hasta su abuela, agricultora dedicada a la siembra de maíz y arroz.
En la pieza de gran formato “Diálogos sobre el maíz y el arroz”, Jay Lee recrea un escenario agrícola donde la tela asemeja el espacio de acopio y limpieza. Aquí, el esfuerzo de desgranar y descascarillar, tareas de la vida rural en México y en Corea, es un lenguaje común. Las hojas de elote y los granos de arroz y maíz muestran un gesto residual que va de la cosecha a la cocina a la composta.
En este proceso, el maíz hace presente la imagen de la abuela trabajando la tierra. Lee reconoce su labor no desde una feminidad hegemónica, sino desde el vigor de las mujeres que cultivan, cocinan y comparten el sustento como acto de cuidado intergeneracional. Bajo este linaje, los granos son detonadores de la memoria cultural del colonialismo, la diáspora y la migración. Cocinar se convierte en un refugio al que se regresa sin importar el punto geográfico.
La instalación se complementa con la serie “Memories of Corn”, en la que el vidrio captura la huella de un alimento ausente, conservando solo su impronta. Aquí, las semillas se mezclan, señalando la convivencia de dos especies en la cocina coreana y mexicana, que entre procesos sociopolíticos complejos lograron adaptarse a nuevas culturas. Asimismo, el carácter residual de las obras advierte sobre la fragilidad del paisaje: cómo las historias, recetas y saberes de la siembra pueden caer en el olvido frente a los cambios atmosféricos, la violencia y el desinterés cultural.
Jay Lee traza una hoja de ruta que conecta la historia macrocultural de estos granos con su propia biografía. El arroz, arraigado en Corea hace milenios como pilar de la vida cotidiana, y el maíz, como evocación viva de las mujeres que la antecedieron, articulan la transición del trabajo de la tierra al espacio íntimo de la casa: de la milpa y el arrozal a la mesa compartida.
En este cruce, la artista encuentra un eco profundo en el contexto mexicano. Ambos alimentos, más allá de su origen, evidencian procesos de adaptación e integración. El maíz y el arroz, como granos esenciales, comparten un mismo lenguaje de supervivencia y hospitalidad. Activan una memoria colectiva que, al igual que las semillas, se mantiene en constante movimiento.
Fernanda Ramos Mena
Curadora y escritora